Por Ricardo L�pez Santana
Bogot� amanec�a nublada aquel mi�rcoles 6 de noviembre de 1985. En la Plaza de Bol�var, el movimiento cotidiano del centro de la capital transcurr�a entre vendedores ambulantes, transe�ntes y funcionarios que ingresaban al majestuoso edificio del Palacio de Justicia. Nadie imaginaba que, en cuesti�n de minutos, el pa�s entero ser�a testigo de uno de los episodios m�s tr�gicos y dolorosos de su historia moderna.
A las once y treinta de la ma�ana, un comando del Movimiento 19 de Abril (M-19) irrumpi� violentamente en el Palacio. Armados y decididos, los insurgentes tomaron rehenes entre magistrados, empleados y visitantes. En cuesti�n de minutos, los pasillos de m�rmol se convirtieron en trincheras y el eco solemne de la justicia se transform� en un estallido de disparos, gritos y confusi�n.
Mientras tanto, en las calles adyacentes, la tensi�n crec�a. Tanques del Ej�rcito cercaron el edificio y unidades especiales comenzaron la operaci�n de retoma. El cielo se llen� de humo y el estruendo de las r�fagas de ametralladora se confund�a con el de las explosiones. El fuego se extendi� r�pidamente por los pisos superiores del Palacio, y con �l, se consumieron documentos, archivos judiciales y cientos de vidas atrapadas en medio del caos.
Durante casi 28 horas, el centro de Bogot� fue escenario de un enfrentamiento desmedido entre la fuerza insurgente y el poder del Estado. Cuando finalmente las llamas se apagaron, lo que qued� fue una monta�a de escombros, silencio y desolaci�n. El balance oficial revel� una tragedia de proporciones inimaginables: m�s de un centenar de muertos, 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia asesinados, y decenas de desaparecidos cuyos cuerpos a�n no han sido plenamente identificados.
Pero m�s all� de los muros calcinados, quedaron tambi�n las heridas invisibles. Las familias de los desaparecidos iniciaron una b�squeda que se extendi� por d�cadas, enfrentando la indiferencia, el miedo y la impunidad. Los sobrevivientes relatan todav�a el olor del humo, los gritos en los pasillos y la incertidumbre que los acompa�� durante las largas horas del asedio.
Cuarenta a�os despu�s, el Palacio fue reconstruido, pero las cicatrices permanecen. En cada aniversario, las v�ctimas y sus familiares se re�nen frente al nuevo edificio para exigir verdad y justicia, recordando que la memoria no se borra con el tiempo. Aquel m�rmol reluciente que hoy adorna el nuevo Palacio es tambi�n un espejo de lo que fuimos: un pa�s dividido, estremecido por la violencia, donde el fuego se llev� no solo vidas, sino tambi�n la fe en las instituciones.
Las madres a�n miran al cielo con la esperanza de encontrar respuestas. Los hijos, que entonces eran ni�os, hoy adultos, siguen buscando los restos de sus padres, y los nombres de los desaparecidos siguen resonando como una deuda que no ha sido saldada. En cada historia hay una ausencia, una silla vac�a, una voz que el pa�s no ha querido escuchar.
La Toma y Retoma del Palacio de Justicia dej� mucho m�s que da�os materiales: dej� una herida abierta en la conciencia nacional. Aquella tragedia quebr� la confianza entre el Estado y su pueblo, y mostr� que cuando la violencia entra en el recinto de la justicia, se apaga la luz que gu�a la verdad.
Hoy, cuatro d�cadas despu�s, el pa�s sigue mirando hacia ese mismo lugar, no solo para recordar, sino para entender. Porque mientras haya madres que sigan esperando a sus hijos, mientras haya familias que no puedan cerrar su duelo, y mientras la justicia siga debati�ndose entre el silencio y la memoria, la Toma del Palacio de Justicia seguir� siendo una herida viva, un eco que nos recuerda que sin verdad y sin humanidad, no hay futuro posible.
Colombia carga todav�a con ese dolor. Pero en medio de la tristeza, permanece la esperanza de que alg�n d�a el fuego que consumi� el Palacio sea reemplazado por otra llama: la del perd�n, la del reconocimiento y la de una justicia que, por fin, logre abrazar a sus v�ctimas.
Ricardo L�pez Santana para Emisora Nueva �poca





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